Los cultivadores de la música sagrada, dedicándose con renovado impulso a un sector de tan vital importancia, contribuirán a la maduración de la vida espiritual del pueblo de Dios (San Juan Pablo II).


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viernes, 15 de marzo de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGICA: LO QUE PIDE (segunda parte)

“EL TESORO DE LA MUSICA SAGRADA”

(Segundo de una serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium)

 
     Continúo con esta exposición sobre lo que pide Vaticano II respecto a la música en la liturgia. En el primer artículo abundé sobre la lengua latina y la lengua vernácula. En esta ocasión abundaremos sobre el “tesoro” de la música sagrada. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium –SC- 114 dice: Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra. En artículos posteriores reflexionaremos sobre los distintos tipos de música sagrada, por lo que en el presente escrito me centraré, partiendo de esta cita conciliar, sobre la importancia de valorar lo que llamamos cotidianamente las “canciones viejas”, en su mayoría post-conciliares.

     Uno de las fórmulas erróneas que solemos presentar en el campo de los coros parroquiales dice: “pasado-viejo= malo / moderno/nuevo= bueno”. Despreciamos cánticos “clásicos” para darle cabida a canciones nuevas. Hay que renovar e innovar, pero sin despreciar esas canciones que gozan de cierta antigüedad. Hay que sacar del arca “o nuevo y lo antiguo”, no sólo lo nuevo (Cf. Mt 13, 52).

Hay que recordar que estas canciones:

1.    Fueron compuestas para la liturgia: Estamos hablando de las canciones litúrgicas –aclaro-. En lo que concierne al tesoro musical tradicional, se pondrán de relieve, en primer lugar, las obras que a las exigencias de la renovación litúrgica (Músicam sacram 52). Si estas canciones “viejas” se adaptan a las exigencias litúrgicas post-conciliares, ¿por qué echarlas al cajón del olvido? Esas canciones tienen mucho que aportar a la fe y a la devoción.

2.    Fomentan la participación de la asamblea: Al ser canciones “viejas”, todos la conocen y, por ende, todos la pueden cantar (Cf. SC 121). No han falta tener el texto de frente, pues está grabado en nuestro “hard disk” mental.

3.    Normalmente tienen buenos textos: Un valor que tienen estos cánticos “viejos” es que sus textos suelen ser muy buenos, pues fueron compuestos para la liturgia. Estos textos ayudan a centrarnos en la parte de la celebración para los que fueron compuestos o en la fiesta litúrgica que se esté celebrando.

     Estos cánticos son parte de ese tesoro de la música sagrada. Si son apropiados para la liturgia post-conciliar, ¿por qué no servirnos de ellos? Claro está: hay que componer música nueva apropiada para el culto divino cuyos textos estén de acuerdo con la doctrina católica y cuya fuente principal sea la Sagrada Escritura y los textos litúrgicos (Cf. SC 121). Pero para esto hay hacen falta personas competentes, como veremos en el próximo artículo.

martes, 5 de marzo de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGICA: LO QUE PIDE (primera parte)

“EL USO DEL LATIN Y DEL VERNACULO”

(Primero de una serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium)
 
 
    
      Son muchas las personas que “citan” el Concilio Vaticano II para decir que el mismo “quitó” la Misa “de espaldas”; “eliminó” el latín, introduciendo –en nuestro caso- el español; suprimió el órgano para darle cabida a otros instrumentos musicales propios de las distintas naciones; quitó del mapa el canto gregoriano, permitiendo así música “más viva” en la liturgia; etc. Son muchos los que, a 50 años de tan gran acontecimiento eclesial, reducen el mismo a este mínimo, olvidándose de que Vaticano II presenta 16 documentos que hablan sobre la Iglesia, sobre la Sagrada Escritura, sobre el culto divino, sobre la vida religiosa, el ecumenismo, los medios de comunicación, y muchos otros temas. ¿Alguna vez hemos leído alguna de las 4 constituciones, 9 decretos o 3 declaraciones frutos de este último concilio ecuménico?

     Me he propuesto escribir una serie de artículos, centrándome en el capítulo VI de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, mejor conocida como la Sacrosanctum Concilium -SC- para destacar lo que pidió el Concilio en lo tocante a la música litúrgica, aprovechando que en diciembre del 2013 la SC cumple 50 años. Muchas veces decimos barbaridades en nombre de un concilio del cual apenas hemos oído hablar. ¿Qué pide Vaticano II respecto a la música sagrada?

     El 113 de la SC afirma: En cuanto a la lengua que debe usarse, cúmplase lo dispuesto en el artículo 36. Este artículo dice: Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes…será de la incumbencia de la competente autoridad eclesiástica territorial determinar si ha de usarse la lengua vernácula y en qué extensión; estas decisiones tienen que ser aceptadas, es decir, confirmadas por la Sede Apostólica. Vaticano II pide que se conserve en la liturgia el latín: a la lengua vernácula se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en…los cantos. ¿Por qué afirmamos categóricamente que Vaticano II suprimió el latín, cuando éste sigue siendo el idioma de nuestro rito latino?

    La Instrucción Músicam Sacram (de 1967) interpreta, especifica y amplía el capítulo VI de la SC. Respecto a este tema nos dice en el número 47: Observando exactamente estas normas (las citadas en el art. 36 de SC), se empleará, pues, la forma de participación que mejor corresponda a las posibilidades de cada asamblea. Los pastores de almas cuidarán de que, además de en lengua vernácula, los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del Ordinario de la misa que les corresponde.
 
 
 
 
 

     Mi intención no es proponer que celebremos la Misa en latín, sino destacar lo que pidió Vaticano II, quien no suprimió el latín. Si bien cantamos en nuestro idioma los diferentes cánticos litúrgicos –cosa útil para el pueblo en no pocas ocasiones- , ¿por qué no aprender, a tono con el sentir conciliar, cantos en latín, sobretodo las partes del Ordinario de la misa, entiéndase: algún “Kyrie”, “Gloria”, “Sanctus”, “Paternoster”, “Agnus Dei”? ¿Por qué no aprender el “Pange Lingua”, el “Adorote Devote”, el “Ubi cáritas”, la “Salve Regina”? En nuestro tiempo hemos llegado de pensar que no podemos cantar en latín porque eso es “preconciliar”, y por ende, anticuado. ¿Quien dijo? Se nota que no hemos leído Vaticano II… Aunque se trate de un idioma que no hablemos cotidianamente ni entendamos (ni ustedes ni yo), un buen hijo no debe despreciar la lengua de su madre la Iglesia.

     Se trata de un verdadero reto pastoral, de un tratar de enderezar lo que se ha torcido en estos 50 años por no escudriñar debidamente el Concilio Vaticano II en torno a la materia que nos compete, limitándonos a repetir “papagallísticamente” lo que escuchamos “por ahí”. Nos hemos ceñido a fórmulas tan erróneas como “pre-conciliar= malo / post-conciliar= bueno”; “latín= malo / vernáculo= bueno”; “órgano= malo / cualquier instrumento musical= bueno”. Este punto lo seguiré desarrollando en artículos futuros.  

     Vaticano II afirmó que la lengua que debe usarse en la liturgia del rito romano es el latín: concedió el permiso de usar el vernáculo para beneficio nuestro, cosa que se ha convertido en la norma, hasta el punto de llegar a creer que el latín está o prohibido, o anticuado, o “anti-Vaticano II”.

     ¿Por qué no aprender cánticos en latín, según el sentir de la Iglesia? A mi entender, el latín aporta 2 elementos extraordinarios que estamos perdiendo en nombre de “Vaticano II”:

1.    El latín nos ayuda a fomentar nuestra identidad católica. El idioma de nuestra madre la Iglesia sigue siendo el latín, aunque, en nuestras comunidades, celebremos los misterios de la fe en el vernáculo. Esto se nota de manera extraordinaria cuando participamos de Misas con feligresía internacional, como -por ejemplo-  las que se celebran en la Plaza de San Pedro en Roma. A pesar de la diversidad nacional, el cantar y rezar en un mismo idioma –el de nuestra madre la Iglesia- nos hace sentir a “todos unidos formando un solo cuerpo”, como dice el famoso canto en español de Mons. Cesáreo Gabarain.

2.    El latín también fomenta la dimensión mistérica de la liturgia, pues el latín, así como el misterio, nos resulta ininteligible, por lo que el latín se convierte en un signo del misterio, un vehículo que nos conduce al misterio. El hecho de rezar o cantar juntos en un idioma cultual que no hablamos cotidianamente, sino que reservamos para el culto a Dios, aporta al redescubrimiento de la liturgia como participación ritual en el misterio de Cristo Salvador.  Sería bueno aprender cánticos sencillos en latín, aprender a pronunciarlo debidamente, teniendo a mano traducciones al vernáculo, para saber lo que estamos cantando.
 
     No se trata de despreciar el vernáculo, sino de apreciar el latín, pues este idioma ni envenena ni es sacrílego. Ojalá algún día los coros parroquiales, guiados los “pastores de almas” (que somos los primeros que hemos malinterpretado Vaticano II), canten con toda espontaneidad el “Rorate Cœli” en Adviento o el “Ave verum” en la exposición del Santísimo, junto con toda la asamblea.

     Muchos hablan de un “Vaticano III”. ¿Para qué? Todavía falta muuuucho por implementar del Concilio Vaticano II –también en muchos temas que no vienen al caso. Que el Espíritu Santo nos guíe.

 

 

jueves, 28 de febrero de 2013

CANTICOS “EXCLUSIVOS” Y CANTICOS “AMOLDABLES”

     Es obvio que la música en la sagrada liturgia se selecciona según la celebración litúrgica. Los cánticos procesionales (entiéndanse: entrada, presentación de las ofrendas, comunión y salida) que seleccionamos para la Conmemoración de los Fieles difuntos -2 de noviembre- no son los mismos que seleccionamos para celebrar la memoria de San Martín de Porres –3 de noviembre-. Los cánticos que entonamos en los diversos tiempos fuertes de la liturgia católica (Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua) son diferentes entre sí, pues los tiempos fuertes son del todo diferentes.

     Este no es el momento para definir los distintos tiempos fuertes, aunque sí quisiera destacar, para centrarnos en lo que nos interesa, que hay cánticos “exclusivos” para cada tiempo fuerte y cánticos “amoldables” para estos tiempos litúrgicos. Llamo “exclusivos” a aquellos cánticos que de ninguna manera pueden ajustarse a un tiempo distinto al que fueron compuestos. Por ejemplo: Hacia Belén se encamina[1] es un cántico exclusivo de la segunda parte del Adviento. Ridículo sería cantarlo en Navidad (ya la Virgen y su “amante esposo” han llegado hace raaato a Belén), o en Cuaresma (mientras nos imponen las cenizas, por ejemplo), en Pascua (mientras Jesús le muestra sus llagas a Santo Tomás…) o en cualquier domingo del tiempo “durante el año” (o Tiempo Ordinario). Los cánticos “amoldables” son aquellos que presentan temas de algún tiempo fuerte, pero pueden cantarse en otros tiempos. Por ejemplo, la canción Tuyo soy[2] (Yo no soy nada y del polvo nací…) presenta temas cuaresmales: el amor de Cristo por nosotros, su pasión y muerte en la cruz, nuestra pertenencia a Dios, etc., pero ¿quién dijo que este cántico no se puede cantar en alguna celebración dominical en donde la Palabra de Dios presente alguno de estos temas? La canción Saber que vendrás[3] (En este mundo que Cristo nos da…) se suele clasificar como de Adviento, pero es un cántico amoldable al Adviento sólo por el estribillo: saber que vendrás, saber que estarás partiendo a los pobres tu pan. Por su contexto es un canto para la presentación de las ofrendas, y se puede cantar en el Tiempo durante el Año.

     En los tiempos fuertes lo ideal sería cantar de ordinario cánticos “exclusos” de esos tiempos. Estos cánticos se convierten automáticamente en indicadores del tiempo fuerte en cuestión. ¿Quién no piensa en la Navidad al escuchar la canción Pastores, a Belén[4]? Se trata de un cántico indicador de la Navidad. Sería absurdo conectarnos con otro tiempo litúrgico que no sea la Navidad al escuchar o cantar esta canción. En el repertorio gregoriano cánticos como el Rorate Coeli indican el Adviento y el Attende Dómine la Cuaresma. Ese efecto indicador se logra sólo con los cánticos “exclusivos” para X o Y tiempo fuerte.

     Para que un cántico sea “indicador” debe presentar –a mi entender-  varios factores. Hay que tomar en cuenta:

1.     la intención del compositor: el compositor debe haber compuesto esa canción “exclusivamente” para ese tiempo fuerte y no para otra circunstancia.

2.      el texto: el mismo debe estar impregnado de la espiritualidad de ese tiempo fuerte, y a su vez, esa espiritualidad debe provenir de los textos litúrgicos (Liturgia de las Horas –antífonas, salmos, lecturas- santa Misa -oraciones, antífonas, prefacios-)[5].

3.      la música: la melodía, el tempo, la armonía, el tono y el ritmo deben aportar a que nos conectemos con el tiempo fuerte que se quiera.

4.      el tiempo y la frecuencia: El texto debe corresponder de tal manera al tiempo fuerte para el cual fue compuesto, que sea nadie se le ocurra cantarlo fuera de ese tiempo. Debe cantarse con cierta frecuencia dentro del marco del tiempo litúrgico para el cual fue compuesto, de tal manera que vayamos asociando ese cántico con ese tiempo fuerte. Debe cantarse cada año – no cantarlo una vez hasta dentro de 5 años-.

     Lo cierto es que nuestro repertorio para los tiempos fuertes tiene pocos cantos “exclusivos” y muchos cantos “amoldables”. O peor aún: solemos seleccionar cánticos del Tiempo durante el Año para cantarlos en los tiempos fuertes debido a la escasez de repertorio “exclusivo" en nuestros coros parroquiales. Ante la falta de cánticos pascuales en nuestro repertorio echamos mano a cánticos que entonamos en los domingos ordinarios. Ciertamente esta práctica debería ir desapareciendo al acrecentar nuestro repertorio para los tiempos fuertes con cánticos “exclusivos” para estos tiempos.

     Ante la falta de formación musical en propiedad –teoría, solfeo, armonía, etc.- no tenemos acceso a cantorales litúrgicos con música escrita, que en la mayoría de los casos presentan no pocos cánticos idóneos para nuestras celebraciones litúrgicas de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. El depender casi exclusivamente de grabaciones religioso-comerciales, aunque se trate de cantantes católicos, es una limitación, conscientes de que estos hermanos nuestros graban composiciones religiosas no siempre “exclusivamente” litúrgicas, aunque sí –recalco- religiosas. Recordemos que, para que un cántico sea “litúrgico” (apropiado para las acciones litúrgicas) no basta con que presente un tema religioso. Ese es tema para otro artículo.

     Ojalá que en cada tiempo fuerte nos esmeremos por aprender un cántico “exclusivo” de ese tiempo. Así acrecentamos el repertorio y contribuimos a mejorar la calidad celebrativa en nuestras comunidades.



[1] Villancico de Puerto Rico; autor desconocido
[2] Del compositor uruguayo  Luis Alfredo Díaz
[3] De la canción secular Blowin’ the wind, del cantautor norteamericano Bob Dylan, adaptada al español por Jesús García Toralba. En principio, no debería cantarse en la liturgia, pues es un cántico secular revestido de texto religioso (Obispos de Puerto Rico: Carta Pastoral en torno a la Música Sagrada 16), pero al desconocer la canción original, no hacemos  referencia  a ella al cantar la versión “litúrgica”.
[4] Villancico de Puerto Rico; autor desconocido
[5] Cf. SC 121

domingo, 3 de febrero de 2013

LA VIGENCIA DEL CANTO GREGORIANO


     Recientemente pedí a mis estudiantes de música litúrgica leer y resumir el “motu proprio” que  San Pío X Tra le sollecitudini –TLS- escribió en el 1903 y el Quirógrafo conmemorativo por sus 100 años que el Beato Juan Pablo II escribió en el 2003. San Pío X, avalado por el Beato Juan Pablo II, destacan lo que también la “Sacrosanctun Concilium” del Vaticano II destacaron: la primacía del canto gregoriano. San Pío X afirma que el canto gregoriano goza plenamente de las características de la música sagrada, tan y como él mismo expuso en si “motu proprio”: santidad, bondad de formas y universalidad[1]. Nos presenta también un criterio clave a la hora de reflexionar sobre la música en la liturgia: una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano.[2] Añade nuestro santo que el antiguo canto gregoriano tradicional deberá restablecerse ampliamente en las solemnidades del culto; teniéndose por bien sabido que ninguna función religiosa perderá nada de su solemnidad aunque no se cante en ella otra música que la gregoriana. Procúrese, especialmente, que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente[3]. Es muy evidente el deseo de San Pío X: restaurar el gregoriano y que el mismo se cante en nuestras celebraciones litúrgicas.
     Cualquiera podría pensar: “caramba: este escrito papal es del 1903, por lo que ya no tiene vigencia”. ¡Error! EL Beato Juan Pablo II, al comentar el escrito de su predecesor, nos dice sobre el canto gregoriano: Entre las expresiones musicales que responden mejor a las cualidades requeridas por la noción de música sagrada, especialmente de la litúrgica, ocupa un lugar particular el canto gregoriano. El concilio Vaticano II lo reconoce como "canto propio de la liturgia romana" (SC 116) al que es preciso reservar, en igualdad de condiciones, el primer puesto en las acciones litúrgicas con canto celebradas en lengua latina (MS 50). San Pío X explicó que la Iglesia lo "heredó de los antiguos Padres", lo "ha conservado celosamente durante el curso de los siglos en sus códices litúrgicos" y lo "sigue proponiendo a los fieles" como suyo, considerándolo "como modelo acabado de música sagrada" (TLS 3). Por tanto, el canto gregoriano sigue siendo también hoy elemento de unidad en la liturgia romana.
 
     La “Sacrosantmum Concilium” (del 1963) dedicó un capítulo a la música sagrada. Nos dice el número 116 sobre el canto gregoriano: La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas. A los 50 años del tan venerado Concilio Vaticano II deberíamos detenernos ante el canto gregoriano. Muchos músicos litúrgicos piensan que en la liturgia sólo tiene cabida la música con ritmos autóctonos. Piensan que el gregoriano es cosa del pasado y se amparan al Vaticano II sin darse cuenta que el mismo avaló lo propuesto por San Pío X y sus sucesores. ¡Cómo se nota que no hemos olido ni  siquiera ese capítulo VI de la “Sacrosanctum Consilium"!
     Recientemente compuse un Credo de los Apóstoles con un estribillo con ritmo medido y con los artículos del Credo con aire neo-gregoriano. El mismo fue difundido a las parroquias de mi diócesis. Me resultó muy curioso la resistencia de algunos coralistas a cantar la parte “gregoriana” sin siquiera haberla escuchado. ¿Por qué nos sentimos tan intimidados por el canto gregoriano? Gracias a Dios las scholæ cantorum de mi parroquia lo han aprendido y ya lo cantan con soltura, para gloria de Dios.
     Hace poco enseñé mis alumnos de música litúrgica el Attende Dómine, cántico indicador de la Cuaresma. Al principio… la típica resistencia, pero al final terminaron cantándolo… ¡y en latín! También les enseñé una versión en vernáculo que respeta la melodía y el aire gregoriano, y fue una experiencia maravillosa el escuchar de sus labios tan hermosa melodía.
     La única manera de restaurar el canto gregoriano en nuestras comunidades parroquiales es cantándolo, dejando a un lado los miedos infundados que nos han asaltado, los prejuicios post- conciliares que nos hacen ver lo antiguo como malo y lo moderno como bueno, el vernáculo como sagrado y el latín como casi un sacrilegio. ¡Cuán distinto es el sensus Ecclesiæ!  Sería maravilloso el “sentir con la Iglesia” también en este punto inculcando en nuestras comunidades los cánticos sencillos del gran tesoro gregoriano: el Pange lingua, la Salve Regina, el Adorote devote, entre muchos otros. De esa forma estaremos cultivando ese canto que es paradigma de la música litúrgica, tal y como dijo San Pío X y como reafirmo el Beato Juan Pablo II: Con respecto a las composiciones musicales litúrgicas, hago mía la "ley general", que san Pío X formulaba en estos términos: "Una composición religiosa será tanto más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto más diste de este modelo supremo"[4]. Sin detrimento de las demás formas de música litúrgica, especialmente el canto religioso popular, conviene resucitar aquel canto que nunca fue arrinconado por Vaticano II: todo lo contrario, pues es el propio del rito latino y el que debe de ocupar el primer lugar en la liturgia[5].


[1] Cf. TLS 1-2
[2] TLS 3
[3] Ib
[4] Quirógrafo 12
[5] SC 116

sábado, 22 de diciembre de 2012

LA IGLESIA CATOLICA Y LA MUSICA PUERTORRIQUEÑA


       La Iglesia católica defiende y promueve todo lo que enaltezca al ser humano en su integridad, en virtud de que Cristo, el Verbo Encarnado, dignifica y ennoblece la naturaleza humana al asumirla. Ya lo decía san Pablo a los filipenses: ...todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor, tenedlo en aprecio[1]. Y La música es uno de esos valores. Con la música los pueblos se desarrollan, maduran, crecen,  y la misma es como una radiografía de ellos, de sus valores, de sus raíces, de su ser. Desde que Cristóbal Colón arribó a “Las Indias”, este nuevo mundo comenzó a conocer la “radiografía” de los colonizadores españoles. Estos trajeron su religión, su cultura y su música. Fueron hombres decididos y con profundas convicciones religiosas que conquistaron un Nuevo Mundo y se dispusieron a abrirlo a su fe, a su cultura y, como parte de ella, a su música[2]. Religión, cultura y música. Tres elementos fundamentales que se entrelazan entre sí. La cultura implica, entre muchas cosas, aspectos religiosos y artístico-musicales. Por la religión rendimos culto a nuestro Creador sin prescindir de nuestra forma de ser como pueblo, sin dejar atrás el papel de la música como expresión cultual de esa fe. La música nos puede sintonizar tanto con lo sagrado como con nosotros mismos.  Son tres elementos que se han fusionado sin compasión para forjar nuestra identidad patria.

     Centrémonos en los aportes de la Religión Católica en la formación y desarrollo de lo que es nuestra música, parte imprescindible de nuestra cultura puertorriqueña. Desde los inicios de la colonización, los españoles nos trajeron su música y su religión, su “radiografía” como pueblo. Los misioneros españoles transmitieron la fe católica a los indios sin prescindir del canto gregoriano[3]; ya en 1598, por órdenes del primer Obispo de Puerto Rico, Alonso Manso, había un órgano en la catedral de San Juan con 6 capellanes de coro, organista y “chantre” (cantor)[4]. La música peninsular fue haciéndose propia al irse adaptando a la vida y a las costumbres de los insulares.

     La música religiosa influenció grandemente en los gustos musicales de este nuevo pueblo que iba surgiendo.  Entre las formas musicales a las que nos referimos sobresale el villancico, forma poético musical de origen español (ss. XV-XVI) que tocaba temas cristianos (relatos navideños u otros temas bíblicos). Esta forma poético-musical, como suele pasar en estos casos, fue amoldándose a la nueva cultura que iba surgiendo, diferenciándose poco a poco del original español. El villancico, que en un principio era a 4 voces, pasa a ser un canto monofónico. Del uso cultual se fue adaptando al uso popular; en las iglesias se acompañaba con órgano o armonio,  y en la calle, con instrumentos de cuerda[5]. El aguinaldo, también de origen español aunque con temas más profanos y con características musicales propias, gozaba de un carácter religioso al sur de España. En las navidades andaluzas, grupos de personas iban cantando aguinaldos casa por casa, buscando precisamente “aguinaldos” u obsequios[6], emulando la búsqueda de posada por parte de la Virgen María y San José, tradición española que revistió unas características muy particulares en Puerto Rico con las tradicionales “parrandas”, y en el resto de Latinoamérica con la llamadas “posadas”, elementos culturales de inspiración cristiana (al menos en sus orígenes). Hoy el aguinaldo entendido en su sentido original, se conserva sobre todo en el período pre-navideño y navideño. En el culto católico no pueden faltar los aguinaldos en el novenario de misas que llevan este nombre (Misas de “Aguinaldo”), desde el 16 de diciembre hasta el 24 de este mismo mes[7], celebradas originalmente a las 5:00 ó 5:30AM, antes de que salga el sol, con la idea de que:

 

Los últimos aguinaldos alusivos a la salida del sol material, símbolo del Sol Espiritual –Cristo Jesús- coincidan con la aurora, o sea, las 6:00 de la mañana[8].

 

 

Sería un pecado no cantar aguinaldos en estas misas, o celebrarlas a las 7:00 PM (...). Igualmente se cantan aguinaldos en la Misa de Gallo, la Misa navideña de medianoche entre el 24 y el 25 de diciembre[9]. Esta modalidad musical acompaña las fiestas navideñas hasta la celebración de la Epifanía, mejor conocida como el día de los Reyes, y durante su Octava o, inclusive, Quincena[10].
 
 
 

          Otra aportación del catolicismo a nuestro folclore musical la vemos en los Rosarios Cantados, tradición de profundas raíces católicas. Surge de la oración diaria, practicada (por órdenes constantes de la Corte Real a las Indias) por los hacendados y los esclavos. Se aprendía el Catecismo y se rezaba diariamente el Rosario[11]. Después de los rezos había un momento de distensión bailable. ¡Se bailaba después del Rosario! Con el correr de los años fueron surgiendo tres tipos de Rosario Cantado: Los que se rezaban por las almas del Purgatorio (por las benditas ánimas), los que se rezaban para pagar alguna promesa, que se rezaban en la Iglesia y se cantaban “a capella”, aunque hoy admiten instrumentos musicales (cuatro, guitarra, güiro y otros). La tercera modalidad son los Rosarios de Cruz, mejor conocidos como  las Fiestas de Cruz.  Están dirigidos tanto a este instrumento en donde murió Jesucristo como  a la Virgen, a Cristo mismo y al mes de mayo, mes en el que se celebraba la antigua fiesta de la Invención de la Santa Cruz, fiesta que en otros lugares aún se celebra, como en el Municipio de Bayamón[12].  Provienen de Andalucía, donde se rezaba el Rosario a la Virgen María y se hacían bailes con o sin cantos, en honor a la Cruz. Luego se comían golosinas con vino o refrescos[13]. La modalidad boricua de estos Rosarios es autóctona, propia de nuestro pueblo, con bellos cánticos transmitidos por muchas generaciones vía tradición oral, cuya música y ritmos varían según la época y el lugar en donde se practique esta devoción[14]. Lo bailable fue excluido de nuestra tradición, al igual que el Rosario a la Virgen.

 


 

     En este brevísimo recorrido hemos visto algunas aportaciones de la Iglesia Católica a nuestra música: la música navideña con sus villancicos y aguinaldos, los Rosarios Cantados y las Fiestas de Cruz. Estas costumbres pertenecen al patrimonio cultural y musical puertorriqueño, aunque tengan una directa inspiración española, pues de España las recibimos y aquí evolucionaron hasta tener una identidad autóctona. El elemento proveniente de los ibéricos y que no debe perderse es el elemento religioso, cristiano, que es medular en todas estas prácticas religiosas. Ignorar este elemento o –peor aún- eliminarlo redundaría en  un terrible daño no solo a nuestra piedad cristiana, sino a nosotros mismos como pueblo, pues estaríamos adulterando nuestra cultura. Quitarle lo esencial a un ente, es destruirlo. Pienso específicamente en la música que gira en torno a la Navidad. Este tiempo fuerte de la liturgia católica surgió originalmente del paganismo, pues se sustituyó la fiesta romana del Sol Invicto, que se celebraba en el solsticio de invierno, en donde el día comienza a vencer poco a poco a la noche en duración. El Sol Invicto es, como decíamos antes, Jesucristo, el Sol que nace de lo alto[15]. Hoy se ve el fenómeno contrario: la paganización de una fiesta cristiana, con la introducción de músicas con letras que invitan al licor excesivo, a la comelata viciosa y a muchas cosas muy lejanas a las enseñanzas de Aquel cuyo nacimiento decimos celebrar. Este es un ejemplo de una fiesta netamente cristiana que está perdiendo su norte. Sí, hay que promover las rectas tradiciones de nuestro pueblo, pero sin perder su sentido original –en este caso- cristiano. De lo contrario no sólo estaríamos adulterando la fe misma, sino también nuestra cultura puertorriqueña. Este es un gran reto que tenemos: salvaguardar nuestra música y nuestra cultura, evitando que se esfume su sentido original cristiano.
 

 

 



[1] Fil 4,8
[2] cf. María Luisa Muñoz, La música en Puerto Rico (panorama histórico- cultural) The Troutman Press, (Sharon Conneticut), 1961, pag 26.
[3] cf. La Gran Enciclopedia de Puerto Rico, Ed. R, Madrid (España), T. VII, pag. 41
[4] cf. Pedro Malavet Vega, Historia de la Canción Popular en Puerto Rico(1493-1898), pags. 103-104
[5] cf. La Gran Enciclopedia de Puerto Rico, Ed. R, Madrid (España), T. VII, pag. 15-16
[6] De la palabra celta iguinand, que significa “regalo” (Colecciones Puertorriqueñas, The Trutman Press (Sharon Conneticut), 1983, pag. 49)
[7] Cf. Catherine Dower, Puerto Rican music following the spanish american war, University Press of America, (USA), 1983, Pag. 82.
[8] Colecciones Puertorriqueñas, The Trutman Press (Sharon Conneticut), 1983, pag. 61 (tomado del Rvdo Juan Viera Rivera, Almanaque de Humacao, 1928).
[9] cf. La Gran Enciclopedia de Puerto Rico, Ed. R, Madrid (España), T. VII, pag. 17.
[10] cf. María Luisa Muñoz, La música en Puerto Rico (panorama histórico- cultural) The Troutman Press, (Sharon Conneticut), 1961, pags. 40-41.
[11] cf. La Gran Enciclopedia de Puerto Rico, Ed. R, Madrid (España), T. VII, pag. 58
[12] Sus fiestas patronales son el 3 de mayo, fiesta de la Invención de la Santa Cruz.
[13] cf. La Gran Enciclopedia de Puerto Rico, Ed. R, Madrid (España), T. VII, pag. 60.
[14] Cf. Pedro Malavet Vega, Historia de la Canción Popular en Puerto Rico (1493-1898), pag. 123; cf. La Gran Enciclopedia de Puerto Rico, Ed. R, Madrid (España), T. VII, pag. 64.
 
[15] Lc 1,78

jueves, 20 de diciembre de 2012

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI AL CONGRESO ITALIANO DE LAS "SCHOLEÆ CANTORUM, ORGANIZADO POR LA ASOCIACION SANTA CECILIA


Acerca de la fe, es natural pensar en la historia personal de san Agustín —uno de los grandes Padres de la Iglesia, que vivió entre los siglos IV y V después de Cristo—, a cuya conversión contribuyó ciertamente y de modo relevante la escucha del canto de los salmos y los himnos en las liturgias presididas por san Ambrosio. En efecto, si bien la fe siempre nace de la escucha de la Palabra de Dios —una escucha naturalmente no sólo de los sentidos, sino que de los sentidos pasa a la mente y al corazón—, no cabe duda de que la música, y sobre todo el canto, pueden dar al rezo de los salmos y de los cánticos bíblicos mayor fuerza comunicativa. Entre los carismas de san Ambrosio figuraba justamente el de una destacada sensibilidad y capacidad musical, y, una vez ordenado obispo de Milán, puso este don al servicio de la fe y de la evangelización. El testimonio de Agustín, que en aquel tiempo era profesor en Milán y buscaba a Dios, buscaba la fe, es muy significativo al respecto. En el décimo libro de las Confesiones, de su autobiografía, escribe: «Cuando recuerdo las lágrimas que derramé con los cánticos de la iglesia en los comienzos de mi conversión, y lo que ahora me conmuevo, no con el canto, sino con las cosas que se cantan, cuando se cantan con voz clara y una modulación convenientísima, reconozco de nuevo la gran utilidad de esta costumbre» (XXXIII, 50).

La experiencia de los himnos ambrosianos fue tan fuerte que Agustín los llevó grabados en su memoria y los citó a menudo en sus obras; es más, escribió una obra propiamente sobre la música, el De Musica. Afirma que durante las liturgias cantadas no aprueba la búsqueda del mero placer sensible, pero que reconoce que la música y el canto bien interpretados pueden ayudar a acoger la Palabra de Dios y a experimentar una emoción saludable. Este testimonio de san Agustín nos ayuda a comprender que la constitución Sacrosanctum Concilium, conforme a la tradición de la Iglesia, enseña que «el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne» (n. 112). ¿Por qué «necesaria o integral»? Está claro que no es por motivos puramente estéticos, en un sentido superficial, sino porque precisamente por su belleza contribuye a alimentar y expresar la fe y, por tanto, a la gloria de Dios y a la santificación de los fieles, que son el fin de la música sagrada (cf. ib.). Justamente por esto quiero agradeceros el valioso servicio que prestáis: la música que ejecutáis no es un accesorio o sólo un adorno exterior de la liturgia, sino que es ella misma liturgia. Vosotros ayudáis a que toda la asamblea alabe a Dios, a que su Palabra descienda a lo profundo del corazón: con el canto rezáis y hacéis rezar, y participáis en el canto y en la oración de la liturgia que abraza toda la creación al glorificar al Creador.

El segundo aspecto que propongo a vuestra reflexión es la relación entre el canto sagrado y la nueva evangelización. La constitución conciliar sobre la liturgia recuerda la importancia de la música sagrada en la misión ad gentes y exhorta a valorizar las tradiciones musicales de los pueblos (cf. n. 119). Pero precisamente también en los países de antigua evangelización, como Italia, la música sagrada —con su gran tradición que le es propia, que es cultura nuestra, occidental— puede tener y de hecho tiene una misión relevante, para favorecer el redescubrimiento de Dios y un acercamiento renovado al mensaje cristiano y a los misterios de la fe. Pensemos en la célebre experiencia de Paul Claudel, poeta francés que se convirtió escuchando el canto del Magníficat durante las Vísperas de Navidad en la catedral de Notre Dame de París: «En aquel momento —escribe— tuvo lugar el acontecimiento que domina toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado, y creí. Creí con una fuerza de adhesión tan grande, con tal elevación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte en una certeza que no dejaba lugar a ningún tipo de duda que, después de entonces, ningún razonamiento, ninguna circunstancia de mi vida agitada han podido turbar mi fe ni tocarla». Pero, sin importunar a personajes ilustres, pensemos en cuántas personas han sido tocadas en lo profundo del corazón escuchando música sagrada; y mucho más quienes se han sentido atraídos nuevamente hacia Dios por la belleza de la música litúrgica, como Claudel. Y aquí, queridos amigos, tenéis un papel importante: esforzaos por mejorar la calidad del canto litúrgico, sin temor a recuperar y valorizar la gran tradición musical de la Iglesia, que en el gregoriano y en la polifonía tiene dos de las expresiones más elevadas, como afirma el mismo Vaticano II (cf. Sacrosanctum Concilium, 116). Y desearía poner de relieve que la participación activa de todo el pueblo de Dios en la liturgia no sólo consiste en hablar, sino también en escuchar, en acoger con los sentidos y con el espíritu la Palabra, y esto vale también para la música sagrada. Vosotros, que tenéis el don del canto, podéis hacer cantar el corazón de muchas personas en las celebraciones litúrgicas.

Queridos amigos: deseo que en Italia la música litúrgica se eleve cada vez más, para alabar dignamente al Señor y para mostrar cómo la Iglesia es el lugar donde la belleza es de casa.
 

Sábado 10 de noviembre de 2012, aula Pablo VI.