Los cultivadores de la música sagrada, dedicándose con renovado impulso a un sector de tan vital importancia, contribuirán a la maduración de la vida espiritual del pueblo de Dios (San Juan Pablo II).


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martes, 18 de junio de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGICA: LO QUE PIDE (6ta. parte)

“EL CANTO GREGORIANO”


(Sexto de una serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium –SC-)

     Continúo con esta serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium (SC). El presente escrito es como una ampliación del artículo La vigencia del canto gregoriano publicado en este blog (el 3 de febrero de 2013). Como este tema está presente en la SC me animé a incluirlo en esta serie.
     La SC 116 nos dice: La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas. Contrario al sentir y pensar de muchos, Vaticano II nos presenta el canto gregoriano como uno no solamente en vigencia, sino como el canto propio del rito latino y el que debe ocupar no un lugar cualquiera, sino el primer lugar en las acciones litúrgicas. Ya San Pío X había hablado del canto gregoriano como el canto propio de la liturgia romana… el que en algunas partes de la liturgia prescribe exclusivamente (Tra le Sollecitudini –TLS- 3). Igualmente dijo que el antiguo canto gregoriano tradicional deberá restablecerse ampliamente en las solemnidades del culto; teniéndose por bien sabido que ninguna función religiosa perderá nada de su solemnidad aunque no se cante en ella otra música que la gregoriana (Ib). A la vez animó a que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico (Ib).

     Fue San Pío X quien afirmo que una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano (Ib). Esta expresión de San Pío X la asumió el Beato Juan Pablo II, quien la explica diciendo: Evidentemente, no se trata de copiar el canto gregoriano, sino más bien de hacer que las nuevas composiciones estén impregnadas del mismo espíritu que suscitó y modeló sucesivamente ese canto. Sólo un artista profundamente imbuido del “sensus Ecclesiæ” puede intentar percibir y traducir en melodía la verdad del misterio que se celebra en la liturgia (Quirógrafo 12). ¡El “sensus Ecclesiæ”, el sentido de Iglesia! ¿Qué tan experto debe ser un compositor litúrgico en canto gregoriano para poder componer según este “modelo soberano”? ¿Qué tan imbuido debe estar un compositor de música litúrgica en la liturgia para poder componer según el sentir de la Iglesia”?

     El papa Pío XII, en su instrucción Músicæ Sacræ Disciplina (MSD) 12  y 13 comenta las tres características de la música sagrada presentadas por su predecesor San Pío X (Cf. TLS 2): santidad, belleza (bondad de formas o arte verdadero) y universalidad[1]. Pío XII afirma que el canto gregoriano se ajusta a la santidad que debe tener la música sagrada, porque,  por la íntima conexión entre las palabras del texto sagrado y sus correspondientes melodías, este canto sagrado no tan sólo se ajusta perfectísimamente a aquellas, sino que interpreta también su fuerza y eficacia a la par que destila dulce suavidad en el espíritu de los oyentes, lográndolo por "medios musicales" ciertamente llanos y sencillos, más de inspiración artística tan santa y tan sublime que en todos excita sincera admiración; y constituye, además, una fuente inagotable de donde artistas y compositores de música sagrada sacan luego nuevas armonías… (MSD 12). Igualmente se ajusta a la belleza y a la universalidad que debe ornar la música litúrgica (Cf. MSD 13). Por todo esto Pío XII pidió que en la celebración de los ritos litúrgicos se haga amplio uso de este canto sagrado; y que con suma diligencia se cuide de ejecutarlo exacta, digna y piadosamente (Ib 12).

     El Beato Juan Pablo II, en su Quirógrafo 7 afirmó sobre el canto gregoriano: Entre las expresiones musicales que responden mejor a las cualidades requeridas por la noción de música sagrada, especialmente de la litúrgica, ocupa un lugar particular el canto gregoriano. El concilio Vaticano II lo reconoce como "canto propio de la liturgia romana" al que es preciso reservar, en igualdad de condiciones, el primer puesto en las acciones litúrgicas con canto celebradas en lengua latina. San Pío X explicó que la Iglesia lo "heredó de los antiguos Padres", lo "ha conservado celosamente durante el curso de los siglos en sus códices litúrgicos" y lo "sigue proponiendo a los fieles" como suyo, considerándolo "como modelo acabado de música sagrada".  Por tanto, el canto gregoriano sigue siendo también hoy elemento de unidad en la liturgia romana.
 
 

     A pesar del pensamiento de estos papas, al canto gregoriano le ha ocurrido lo mismo que le ocurrió al latín. A pesar de que Vaticano II nunca proscribió el gregoriano (ni el latín), la malinterpretación de la SC capítulo VI nos llevó a afirmar que el gregoriano está obsoleto, ya no sirve, hay que reemplazarlo por música nueva y moderna. Como mencioné en el segundo artículo de esta serie, pensamos que lo pasado-viejo es malo, y que lo moderno-nuevo es bueno. Hemos caído en la trampa de pensar que el canto gregoriano, el que debe tener el primer lugar en las acciones litúrgicas, no “puede” cantarse. “Es muy difícil”, “no es movido”, “no es alegre”, “nos duerme”… En Puerto Rico – y en muchísimos países- hemos abandonado el canto gregoriano y estas expresiones son sólo algunas de las opiniones que muchos tienen sobre el canto propio de la liturgia romana. No podemos opinar objetivamente sobre un tipo de música al que no hemos estado expuestos con seriedad. ¿Cuántos cantos gregorianos hemos escuchado? ¿Cuántos conocemos?

     Este servidor tuvo una hermosa experiencia musical y litúrgica en junio del 1995, mes en que estuve en la Abadía Benedictina de Santo Domingo de Silos, en Burgos, España. Estuve desde el 1 hasta el 30 de junio. Este monasterio ha procurado conservar y cultivar con sumo cuidado el tesoro de la música sacra (SC 114), específicamente el gran tesoro gregoriano. Lo cantan en todas las celebraciones litúrgicas. Recuerdo que estuve para Pentecostés: me impresionó el no escuchar los cánticos “de avivamiento”, sino sólo canto gregoriano. ¡Y el Espíritu Santo estaba presente en aquella celebración (como siempre lo está en la liturgia)! Aquella experiencia fue una oportunidad única de inmersión gregoriana, de escuchar, cantar y apreciar este tipo de música en el contexto para la cual fue hecha: el contexto litúrgico. Descubrí el gran tesoro que tenemos y desconocemos por la malinterpretación del Capítulo VI de la SC. Descubrí la grandeza artística encerrada en la simplicidad monofónica de este canto.

     La Iglesia no ha desechado el canto gregoriano, al contrario: lo ha ensalzado y lo ha colocado en el primer lugar. El número 117 de la SC pide que se complete la edición típica de los libros de canto gregoriano y que se prepare una edición que contenga modos más sencillos, para uso de las iglesias menores. ¡El canto gregoriano existe, y existe para cantarse! El Iubilate Deo, la edición que contiene los cánticos gregorianos sencillos del cual hablaba SC 117, presenta diversas misas sencillísimas y bastantes cánticos variados y sencillos que muy bien podrían tenerse en cuenta. ¡Por algo hay que empezar! Ciertamente estos cánticos están en latín (ya de ese tema hablé en el primer artículo de esta serie), pero una traducción al vernáculo nos ayuda a entender lo que estamos cantando, para así facilitar la oración cantada. El Tantum ergo en la exposición del Santísimo, la Salve Regina en una celebración mariana, un Kyrie eleison o un Aleluya en la Misa son posibilidades reales para nuestras celebraciones litúrgicas. Sin despreciar los demás géneros de música sagrada (tema que expondré en el próximo artículo de esta serie), debemos hacer un esfuerzo eclesial por convertir el canto propio de la liturgia romana en uno que no nos resulte extraño, difícil, anticuado u obsoleto, sino en un tipo de canto que facilite la conexión con la liturgia celeste, la que anticipamos y a la que nos unimos desde esta tierra. Es muy difícil que el canto gregoriano ocupe el primer lugar en las acciones litúrgicas de nuestras comunidades parroquiales, pero estoy convencido de que puede ocupar un buen sitial si animamos a nuestros coros a aprender cánticos sencillos como los ya citados, perdiéndole el miedo y la apatía a este tesoro milenario, base de la música occidental, que la Iglesia nos propone (aún en la actualidad) como modelo acabado de música sagrada (TLS 3).

 

 

 



[1] Cf. En este blog presento 3 artículos sobre cada característica, titulados: Características de la música litúrgica (…la santidad, la belleza, la universalidad).

miércoles, 5 de junio de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGICA: LO QUE PIDE (5ta. parte)


     Continuamos con esta serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Constitución “Sacrosanctum Concilium” sobre la sagrada liturgia, comentando lo que esta constitución mandó en lo tocante a la música litúrgica (capítulo VI). Nos dice el número 114: Los Obispos y demás pastores de almas procuren cuidadosamente que en cualquier acción sagrada con canto, toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde. La participación de los fieles a través del canto es un elemento de peculiar importancia, pues esto nos facilita en gran manera la inmersión en la liturgia. Vaticano II no fue innovador en esta materia, aunque dio el “empujón” que la Iglesia necesitaba: ya San Pío X había dicho que se procurase que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente (Tra lle Sollecitudini 3). El papa Pío XII, en su encíclica Músicæ sacræ disciplina de 1955 promovió el llamado “canto religioso popular” dado que el mismo puede ayudar mucho a que los fieles no asistan al santo sacrificio como espectadores mudos e inactivos, sino que acompañen la sagrada acción con su espíritu y con su voz y unan su piedad a las oraciones del sacerdote, con tal que esos cánticos se adapten bien a las diversas partes de la misa, como con grande gozo sabemos que se hace ya en muchas regiones del orbe católico (# 19). El “canto religioso popular” es uno de los tipos de música litúrgica (Cf. “Músicam Sacram” 4b) y aporta grandemente a la participación del pueblo, uno de los criterios que la Iglesia pide a la hora de seleccionar cánticos litúrgicos: La Iglesia no rechaza en las acciones litúrgicas ningún género de música sagrada, con tal que responda al espíritu de la misma acción litúrgica y a la naturaleza de cada una de sus partes  y no impida la debida participación activa del pueblo (Músicam Sacram –MS- 9). El Beato Juan Pablo II afirmó que este canto es particularmente apto para la participación de los fieles no sólo en las prácticas de devoción, "según las normas y preceptos de las rúbricas”, sino también en la liturgia misma (Quirógrafo 11).
     Esta participación exterior es un derecho bautismal de los fieles (Cf. Ib 15), lo que no significa que el pueblo siempre debe cantar: hay piezas que pueden ser reservadas al coro. En ese caso los fieles deben unirse interiormente a lo que cantan los ministros o el coro, para que eleven su espíritu a Dios al escucharles (MS 15b). Sobre ese punto MS 16c afirma que algunos cantos del pueblo, sobre todo si los fieles no están aún suficientemente instruidos o si se emplean composiciones musicales a varias voces, podrán confiarse sólo al coro, con tal que no se excluya al pueblo de las otras partes que le corresponden. Pero no se puede aprobar la práctica de confiar sólo al grupo de cantores el canto de todo el Propio y de todo el Ordinario, excluyendo totalmente al pueblo de la participación cantada. Por esa razón MS 20 pide que los maestros de capilla y los rectores de las iglesias cuiden… de que el pueblo sea asociado siempre al canto, al menos en las piezas fáciles que le corresponden. Este es un gran reto no sólo para los encargados de canto y la música, sino para los compositores litúrgicos, especialmente los compositores de piezas corales polifónicas con cierta complejidad armónica y contrapuntística: el componer música de alta calidad sin excluir al pueblo del canto, coordinando el canto coral-polifónico y el canto de la asamblea.
     Nuestros coros parroquiales no están exentos de este deber. Muchas veces cantan bellamente, pero impidiendo la participación de la comunidad. Hay cánticos que la asamblea debe cantar siempre: la entrada, el “Señor, ten, piedad”, el “Gloria”, el Aleluya, el “Santo”, etc. Gran reto y gran responsabilidad de los ministros de música el fomentar la participación activa de los fieles en el canto, ya que nada más festivo y más grato en las celebraciones sagradas que una asamblea que, toda entera, expresa su fe y su piedad por el canto (MS 16).

 

 

 

martes, 16 de abril de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGIA: LO QUE PIDE (4ta. parte)


“EL FOMENTO DE LOS COROS”

(Cuarto de una serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium)

     Continuamos indagando sobre lo que pidió el Concilio Vaticano II respecto a la música litúrgica. En esta ocasión partamos del 114 de la Sacrosanctum Concilium (SC): Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra. Foméntense diligentemente las "Scholæ cantorum", sobre todo en las iglesias catedrales. Como parte de la promoción del tesoro de la música sagrada (tema ya tratado en mi segundo artículo) los padres conciliares pidieron el fomento de las llamadas “scholæ cantorum”, o coros, sobretodo en las catedrales, en donde los Divinos Misterios deben celebrarse de manera ejemplar. ¿Cuál es la función de los coros en la liturgia? La Instrucción Músicam Sacram (MS) 19 nos lo dice: El coro - o «capilla musical» o schola cantorum - merece una atención especial por el ministerio litúrgico que desempeña. Su función, según las normas del Concilio relativas a la renovación litúrgica, ha alcanzado una importancia y un peso mayor. A él le pertenece (#1) asegurar la justa interpretación de las partes que le corresponden según los distintos géneros de canto y (#2) promover la participación activa de los fieles en el canto. Por consiguiente:

a) Se tendrán un «coro» o «capilla» o schola cantorum y se fomentará con diligencia, sobre todo en las catedrales y las demás iglesias mayores, en los seminarios y las casas de estudio de religiosos.

b) Es igualmente oportuno establecer tales coros, incluso modestos, en las iglesias pequeñas.

     Dice el Beato Juan Pablo II (Quirógrafo 8) después de citar SC 114 y MS 19: La función de la schola sigue siendo válida, pues desempeña en la asamblea el papel de guía y apoyo y, en ciertos momentos de la liturgia, tiene un papel específico. Se trata, pues, de un “auténtico ministerio litúrgico” (SC 29) que merece ser respetado como tal. Así como la música está al servicio de la liturgia, el coro, al ejercer su ministerio musical, también lo está. Por eso la Ordenación General del Misal Romano 312, haciéndose eco de MS 23 habla sobre la ubicación del coro en función de su ministerio: Los cantores, teniendo en cuenta la disposición de cada iglesia, colóquense de tal manera que aparezca claramente su naturaleza, es decir, que ellos hacen parte de la comunidad congregada y que desempeñan un oficio peculiar; donde se haga más fácil el desempeño de su oficio y a cada uno de los cantores se les permita cómodamente la plena participación sacramental en la Misa.

     El coro puede ser un coro de hombres y mujeres, de niños de adultos, de varones, de féminas… a 4 voces, a 3 voces a 2 voces… A UNA VOZ (Cf. MS 22). Lo importante es que ejerzan un ministerio al servicio de la liturgia. Pero, claro está, deben tener una buena voz y talento para cantar. Muchas veces aceptamos en nuestros coros personas con muy buena voluntad, pero con poco talento para el canto. Nos “da pena” o nos entra el “ay bendito” de los puertorriqueños y estamos dispuestos a sacrificar la calidad musical de nuestros coros litúrgicos. Todos tenemos el derecho bautismal de ejercer ministerios en la Iglesia, pero no lo tiene –en el caso que nos concierne- si no sabe cantar. Si una persona no tiene talento para el canto sin duda tiene otros, los cuales debe ir descubriendo para ponerlos al servicio de la Iglesia, pero que no entre a formar parte de un grupo en donde tratará de ejercitarse en un talento que no tiene. Sin este talento será imposible asegurar la justa interpretación de las partes que le corresponden según los distintos géneros de canto.

     MS 21 habla sobre que hacer ante la imposibilidad de tener un coro: Procúrese, sobre todo allí donde no haya posibilidad de formar ni siquiera un coro pequeño, que haya al menos uno o dos cantores bien formados que puedan ejecutar algunos cantos más sencillos con participación del pueblo y dirigir y sostener oportunamente a los mismos fieles. Este cantor debe existir también en las iglesias que cuentan con un coro, en previsión de las celebraciones en las que dicho coro no pueda intervenir y que, sin embargo, hayan de realizarse con alguna solemnidad y, por tanto, con canto. Según esta Instrucción, el cantor ejerce el ministerio del coro cuando este último no está presente.

     Fomentemos los coros a la luz del Concilio Vaticano II. En los próximos artículos seguiremos conociendo lo que este importante Concilio nos dice sobre la música sagrada.

    

 

 

 

 

 

 

viernes, 29 de marzo de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGICA: LO QUE PIDE (3ra. parte)

“LA FORMACION EN EL CAMPO DE LA MUSICA SAGRADA”

(Tercero de una serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium)

 

     Una de las áreas en donde menos formación tenemos es en lo concerniente a la música litúrgica. Sin embargo, SC 115 indica lo siguiente: dése mucha importancia a la enseñanza y a la práctica musical en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas; para que se pueda impartir esta enseñanza, fórmense con esmero profesores encargados de la música sacra. Se recomienda, además, que, según las circunstancias, se erijan institutos superiores de música sacra. Dése también una genuina educación litúrgica a los compositores y cantores, en particular a los niños. Esta prescripción conciliar nos puede sonar novedosa y hasta anacrónica, pues es algo prácticamente olvidado en nuestra Iglesia. Si bien otros campos de la teología se han desarrollado, la música litúrgica ha quedado estancada. En nuestras comunidades parroquiales tenemos personas talentosas en extremo que ponen sus talentos a disposición de la comunidad, pero sin la suficiente formación musical y litúrgica. Se trata de un área en donde hemos caído en una triste mediocridad: a cualquiera que toque la guitarra le animamos para que forme y dirija un coro. La persona escogida lo hace por amor a su parroquia, haciendo lo que puede, pero no se le brinda mayor formación que el decirle: “cante esto y no aquello”.

     Los sacerdotes somos los primeros que carecemos de formación litúrgica y musical. Al no tener formación suficiente en estas materias, delegamos en aquellos que toquen algún instrumento musical la dirección del grupo de cantores. Y al no tener una formación litúrgica sólida, admitimos cualquier cántico, siempre y cuando sea bonito y le guste a la gente, aunque sea del todo inapropiado para el culto divino. El hecho de presidir las celebraciones litúrgicas no garantiza por sí solo el “sensus litirgiæ”.

     Para que se pueda impartir esta enseñanza, fórmense con esmero profesores encargados de la música sacra. ¿Cuántos sacerdotes han sido enviados a prepararse en el campo de la música litúrgica?  Si no tenemos sacerdotes y laicos debidamente preparados: ¿quién impartirá esta materia en nuestros seminarios y noviciados? En la formación al sacerdocio no podemos minimizar la importancia de la formación musical en nombre de la teología y de la “pastoral”. Si los sacerdotes carecemos de sentido litúrgico y musical es por la falta de formación en esas áreas. ¿Cómo podemos exigir calidad en los cánticos si no tenemos compositores debidamente formados, si no tenemos escuelas de música sacraNo hace falta un Vaticano III: hace falta seguir implementando el Vaticano II.

          La formación litúrgica y musical:

1.      redundará en una mayor calidad en nuestras celebraciones litúrgicas: al contar con músicos formados en liturgia y en música, nuestras acciones litúrgicas serán de mayor calidad, tanto por la calidad musical y la calidad de los textos de los cánticos, elementos que abonan a una mayor calidad cultual.
 
2.      fomentará vivir más plena, consciente y activamente nuestras celebraciones litúrgicas: cuando los cantores e instrumentistas conocen la Misa y los sacramentos, vivirán mejor la liturgia. No se tratará de una “cantar por cantar”, sino de un celebrar en calidad de ministros de la música con toda la comunidad. Además de la formación musical, se dará también a los miembros del coro una formación litúrgica y espiritual adecuada, de manera que, al desempeñar perfectamente su función religiosa, no aporten solamente más belleza a la acción sagrada y un excelente ejemplo a los fieles, sino que adquieran ellos mismos un verdadero fruto espiritual (Músicam Sacram 24).


     Dijo muy bien el Beato Juan Pablo II: Por tanto, también en este campo urge promover una sólida formación tanto de los pastores como de los fieles laicos. San Pío X insistía particularmente en la formación musical de los clérigos. También el concilio Vaticano II hizo una recomendación en este sentido: "Dése mucha importancia a la enseñanza y a la práctica musical en los seminario…. Esa indicación espera realizarse plenamente. Por consiguiente, considero oportuno recordarla, para que los futuros pastores puedan adquirir una adecuada sensibilidad también en este campo (Quirógrafo 9).
     Ojalá nuestros la formación musical sea debidamente considerada en nuestra Iglesia, como lo pidió Vaticano II.

 

 

 

 

 

 

jueves, 21 de marzo de 2013

LAS SIETE PALABRAS

Por: P. Miguel A. Trinidad Fonseca

Comparto con ustedes unas décimas que escribi el 17 de marzo de 2008, Lunes Santo. Las mismas versan sobre las SIETE PALABRAS de Cristo en la cruz. Las comparto con ustedes:
 



Primera Palabra: PADRE, PERDONALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

  
Llegando al final destino
llamado “La Calavera”
Jesús, cual reo cualquiera
clavado es sin trato fino.
Fue largo aquel camino
y sus heridas no caben
en sus miembros. Que le alaben
los hombres con devoción,
pues dijo: “Padre, perdón,
porque lo que hacen no saben”.

 

  

Segunda Palabra: EN VERDAD TE DIGO QUE HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAISO

  
A Jesús dos malechores
le hacían compañía;
Uno de ellos profería
blasfemias en sus dolores.
El otro, por sus errores
pedía con tono inciso
al Cristo que allí él quiso
“¿Oh, de mí te acordarás?”
“Te digo: hoy estarás
Conmigo en el Paraíso”.

 

 
Tercera Palabra: MUJER, AHI TIENES A TU HIJO. HIJO, AHI TIENES A TU MADRE
 

Jesús, al su madre ver
y al discípulo querido
dice con fuerte gemido
“este es tu hijo, mujer”.
Y, al su mirada volver,
dice al discípulo amado:
“Tienes a tu madre al lado”.
Y desde aquella hora
la recibió, sin demora,
en su casa emocionado.

 


Cuarta Palabra: DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
 

La gente cruel pasaba
y meneando la cabeza
se burlaba con presteza
de Jesús, quien suspiraba.
La oscuridad circundaba
el lugar, y el reo clavado
miró al cielo acongojado
buscando al Padre Dios pío.
Gritó, “Dios mío, Dios mío,
¿Por qué me has abandonado?”

 


Quinta Palabra: TENGO SED


En terrible oscuridad,
aquella macabra escena
se prolongaba sin pena;
parecía una eternidad.
Jesús, buscando piedad
recordó el “Tomád, comed”
de la cena, y el “bebed”
de su infinita bondad;
y buscando caridad
gritó fuerte: “tengo sed”.

 


Sexta Palabra: TODO ESTA CONSUMADO

  
Lo oyó un soldado y salió
del juego de dados y al
instante, en el puntal
de su lanza espetó
una esponja y la llenó
de vinagre, y el Clavado
no la quiso, y cansado,
su mirada elevó,
y conforme exclamó:
“Todo está consumado”.

 
 

Séptima Palabra: PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU

 
Al decir esta sentencia
el cielo se conmovía
y su corazón latía
con mucha menos violencia.
Y en medio de penitencia
se quedó a aquel pueblo viendo,
y de sí fuerza saliendo,
exclamó ante sus hermanos:
“Padre, en tus santas manos
mi espíritu encomiendo”

 

 

 

 

 

viernes, 15 de marzo de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGICA: LO QUE PIDE (segunda parte)

“EL TESORO DE LA MUSICA SAGRADA”

(Segundo de una serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium)

 
     Continúo con esta exposición sobre lo que pide Vaticano II respecto a la música en la liturgia. En el primer artículo abundé sobre la lengua latina y la lengua vernácula. En esta ocasión abundaremos sobre el “tesoro” de la música sagrada. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium –SC- 114 dice: Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra. En artículos posteriores reflexionaremos sobre los distintos tipos de música sagrada, por lo que en el presente escrito me centraré, partiendo de esta cita conciliar, sobre la importancia de valorar lo que llamamos cotidianamente las “canciones viejas”, en su mayoría post-conciliares.

     Uno de las fórmulas erróneas que solemos presentar en el campo de los coros parroquiales dice: “pasado-viejo= malo / moderno/nuevo= bueno”. Despreciamos cánticos “clásicos” para darle cabida a canciones nuevas. Hay que renovar e innovar, pero sin despreciar esas canciones que gozan de cierta antigüedad. Hay que sacar del arca “o nuevo y lo antiguo”, no sólo lo nuevo (Cf. Mt 13, 52).

Hay que recordar que estas canciones:

1.    Fueron compuestas para la liturgia: Estamos hablando de las canciones litúrgicas –aclaro-. En lo que concierne al tesoro musical tradicional, se pondrán de relieve, en primer lugar, las obras que a las exigencias de la renovación litúrgica (Músicam sacram 52). Si estas canciones “viejas” se adaptan a las exigencias litúrgicas post-conciliares, ¿por qué echarlas al cajón del olvido? Esas canciones tienen mucho que aportar a la fe y a la devoción.

2.    Fomentan la participación de la asamblea: Al ser canciones “viejas”, todos la conocen y, por ende, todos la pueden cantar (Cf. SC 121). No han falta tener el texto de frente, pues está grabado en nuestro “hard disk” mental.

3.    Normalmente tienen buenos textos: Un valor que tienen estos cánticos “viejos” es que sus textos suelen ser muy buenos, pues fueron compuestos para la liturgia. Estos textos ayudan a centrarnos en la parte de la celebración para los que fueron compuestos o en la fiesta litúrgica que se esté celebrando.

     Estos cánticos son parte de ese tesoro de la música sagrada. Si son apropiados para la liturgia post-conciliar, ¿por qué no servirnos de ellos? Claro está: hay que componer música nueva apropiada para el culto divino cuyos textos estén de acuerdo con la doctrina católica y cuya fuente principal sea la Sagrada Escritura y los textos litúrgicos (Cf. SC 121). Pero para esto hay hacen falta personas competentes, como veremos en el próximo artículo.

martes, 5 de marzo de 2013

VATICANO II Y LA MUSICA LITURGICA: LO QUE PIDE (primera parte)

“EL USO DEL LATIN Y DEL VERNACULO”

(Primero de una serie de artículos conmemorativos del 50mo. aniversario de la Sacrosanctum Concilium)
 
 
    
      Son muchas las personas que “citan” el Concilio Vaticano II para decir que el mismo “quitó” la Misa “de espaldas”; “eliminó” el latín, introduciendo –en nuestro caso- el español; suprimió el órgano para darle cabida a otros instrumentos musicales propios de las distintas naciones; quitó del mapa el canto gregoriano, permitiendo así música “más viva” en la liturgia; etc. Son muchos los que, a 50 años de tan gran acontecimiento eclesial, reducen el mismo a este mínimo, olvidándose de que Vaticano II presenta 16 documentos que hablan sobre la Iglesia, sobre la Sagrada Escritura, sobre el culto divino, sobre la vida religiosa, el ecumenismo, los medios de comunicación, y muchos otros temas. ¿Alguna vez hemos leído alguna de las 4 constituciones, 9 decretos o 3 declaraciones frutos de este último concilio ecuménico?

     Me he propuesto escribir una serie de artículos, centrándome en el capítulo VI de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, mejor conocida como la Sacrosanctum Concilium -SC- para destacar lo que pidió el Concilio en lo tocante a la música litúrgica, aprovechando que en diciembre del 2013 la SC cumple 50 años. Muchas veces decimos barbaridades en nombre de un concilio del cual apenas hemos oído hablar. ¿Qué pide Vaticano II respecto a la música sagrada?

     El 113 de la SC afirma: En cuanto a la lengua que debe usarse, cúmplase lo dispuesto en el artículo 36. Este artículo dice: Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes…será de la incumbencia de la competente autoridad eclesiástica territorial determinar si ha de usarse la lengua vernácula y en qué extensión; estas decisiones tienen que ser aceptadas, es decir, confirmadas por la Sede Apostólica. Vaticano II pide que se conserve en la liturgia el latín: a la lengua vernácula se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en…los cantos. ¿Por qué afirmamos categóricamente que Vaticano II suprimió el latín, cuando éste sigue siendo el idioma de nuestro rito latino?

    La Instrucción Músicam Sacram (de 1967) interpreta, especifica y amplía el capítulo VI de la SC. Respecto a este tema nos dice en el número 47: Observando exactamente estas normas (las citadas en el art. 36 de SC), se empleará, pues, la forma de participación que mejor corresponda a las posibilidades de cada asamblea. Los pastores de almas cuidarán de que, además de en lengua vernácula, los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del Ordinario de la misa que les corresponde.
 
 
 
 
 

     Mi intención no es proponer que celebremos la Misa en latín, sino destacar lo que pidió Vaticano II, quien no suprimió el latín. Si bien cantamos en nuestro idioma los diferentes cánticos litúrgicos –cosa útil para el pueblo en no pocas ocasiones- , ¿por qué no aprender, a tono con el sentir conciliar, cantos en latín, sobretodo las partes del Ordinario de la misa, entiéndase: algún “Kyrie”, “Gloria”, “Sanctus”, “Paternoster”, “Agnus Dei”? ¿Por qué no aprender el “Pange Lingua”, el “Adorote Devote”, el “Ubi cáritas”, la “Salve Regina”? En nuestro tiempo hemos llegado de pensar que no podemos cantar en latín porque eso es “preconciliar”, y por ende, anticuado. ¿Quien dijo? Se nota que no hemos leído Vaticano II… Aunque se trate de un idioma que no hablemos cotidianamente ni entendamos (ni ustedes ni yo), un buen hijo no debe despreciar la lengua de su madre la Iglesia.

     Se trata de un verdadero reto pastoral, de un tratar de enderezar lo que se ha torcido en estos 50 años por no escudriñar debidamente el Concilio Vaticano II en torno a la materia que nos compete, limitándonos a repetir “papagallísticamente” lo que escuchamos “por ahí”. Nos hemos ceñido a fórmulas tan erróneas como “pre-conciliar= malo / post-conciliar= bueno”; “latín= malo / vernáculo= bueno”; “órgano= malo / cualquier instrumento musical= bueno”. Este punto lo seguiré desarrollando en artículos futuros.  

     Vaticano II afirmó que la lengua que debe usarse en la liturgia del rito romano es el latín: concedió el permiso de usar el vernáculo para beneficio nuestro, cosa que se ha convertido en la norma, hasta el punto de llegar a creer que el latín está o prohibido, o anticuado, o “anti-Vaticano II”.

     ¿Por qué no aprender cánticos en latín, según el sentir de la Iglesia? A mi entender, el latín aporta 2 elementos extraordinarios que estamos perdiendo en nombre de “Vaticano II”:

1.    El latín nos ayuda a fomentar nuestra identidad católica. El idioma de nuestra madre la Iglesia sigue siendo el latín, aunque, en nuestras comunidades, celebremos los misterios de la fe en el vernáculo. Esto se nota de manera extraordinaria cuando participamos de Misas con feligresía internacional, como -por ejemplo-  las que se celebran en la Plaza de San Pedro en Roma. A pesar de la diversidad nacional, el cantar y rezar en un mismo idioma –el de nuestra madre la Iglesia- nos hace sentir a “todos unidos formando un solo cuerpo”, como dice el famoso canto en español de Mons. Cesáreo Gabarain.

2.    El latín también fomenta la dimensión mistérica de la liturgia, pues el latín, así como el misterio, nos resulta ininteligible, por lo que el latín se convierte en un signo del misterio, un vehículo que nos conduce al misterio. El hecho de rezar o cantar juntos en un idioma cultual que no hablamos cotidianamente, sino que reservamos para el culto a Dios, aporta al redescubrimiento de la liturgia como participación ritual en el misterio de Cristo Salvador.  Sería bueno aprender cánticos sencillos en latín, aprender a pronunciarlo debidamente, teniendo a mano traducciones al vernáculo, para saber lo que estamos cantando.
 
     No se trata de despreciar el vernáculo, sino de apreciar el latín, pues este idioma ni envenena ni es sacrílego. Ojalá algún día los coros parroquiales, guiados los “pastores de almas” (que somos los primeros que hemos malinterpretado Vaticano II), canten con toda espontaneidad el “Rorate Cœli” en Adviento o el “Ave verum” en la exposición del Santísimo, junto con toda la asamblea.

     Muchos hablan de un “Vaticano III”. ¿Para qué? Todavía falta muuuucho por implementar del Concilio Vaticano II –también en muchos temas que no vienen al caso. Que el Espíritu Santo nos guíe.